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jueves, 29 de julio de 2010

Tacones blancos, flores azules.


El camino de vuelta a casa lo hizo aturdida por el cava helado que sació el calor de un paseo de noche veraniego. Sentía cada paso, cada impresión que dejaban sus tacones en el asfalto. Se sentía feliz mirando el brillo de sus zapatos de tacón de un blanco deslumbrante.

Introdujo la llave en la cerradura de su buhardilla de un modo ritual, como si girar lentamente el frío metal fuera a permitirle descubrir un espacio desconocido tras la puerta. No fue así, al empujar la puerta apareció su perro Ulises para darle las buenas noches y lamer sus manos donde escribió "te he echado de menos".


Se dejó lamer un minuto y fue directa hacia su cama. Se quitó su vestido corto azul marino, dejó caer su tanga y decidió tumbarse en la cama con el capricho de no quitarse sus tacones. Dobló su almohada en dos y buscó un espejo en el techo donde verse reflejada y disfrutar de su desnudez y la belleza de sus tacones. Sus párpados cayeron en la búsqueda y la aislaron del mundo.


Infinitas gotas de sudor la desvelaron. Sentía cosquillas en sus rodillas, humedad en sus labios, su estómago se encogía, sus piernas se cerraban, sus manos serpenteaban por su cuerpo. Conocía aquella sensación, deseaba sexo, sexo salvaje. Salió de la cama notando el deseo y la confusión. Clavó sus tacones en el suelo, pero no sono a madera. Sus tacones se clavaron en hierba. Una esencia diferente llegó hasta ella. Cerró sus ojos y quiso sentarse en la cama a percibir aquella novedad, pero no había cama, su cuerpo fue a caer sobre un manto de flores azules.


Su desnudez la rociaba de una pureza renacentista. La noche había desaparecido y un sol suave iluminaba un campo azul. Decidió dejarse llevar y pasear por aquel extraño campo. Seguía sintiendo palpitar su cuerpo y necesitaba saciar su deseo. A los pocos pasos comenzaron a aparecer seres mitológicos y fabulosos. Efebos, divas, cuerpos apolíneos, diosas, diablas, todas ataviadas con sus mejores galas para ella. Ella se paraba delante de cada uno de ellos buscando con quien disfrutar del sexo más maravilloso que podía imaginar. Como en un baile ritual se fue creando un círculo alrededor de ella. Eligió a una escultural cantante para posar su primer beso. A partir de ese momento todo ocurrió muy lentamente. Se entregó a aquellos seres de forma desenfrenada, recogiendo placer de cada poro de su piel, sin reglas, sin caminos, sometiéndolos a sus deseos con su mirada, eligiendo cada postura caprichosamente. Aquella sexualidad desordenada y lasciva fue su particular camino hacia la luz del sol.


Agotados y consumidas aquellos seres fueron tomando caminos diferentes mientras ella se relajaba entre las flores azules frenando su respiración.


Ulises la despertó como cada mañana, tirando de las sabanas, haciendo cosquillas en sus rodillas y lamiendo sus pies, hasta hacerla abrir los ojos. El timbre de la puerta acabó con su estado de calma y la electrificó. Se levantó. Caminó descalza hasta la puerta. Abrió la puerta. No había nadie. Sólo sus tacones blancos manchados y una flor azul acuchillada en las agujas.






martes, 27 de julio de 2010

Fotogramas de agua


Salí a mojarme bajo la tormenta nocturna de julio. Caminé sintiendo cada gota de lluvia que mojaba mi rostro. Cada gota era un recuerdo. Llegué hasta un parque y deje mi cuerpo a merced de la tormenta reclinado sobre un banco de madera. Cerré los ojos mientras el agua pegaba la ropa contra mi piel.

- Sois extraterrestres.

Me incorporé como un relámpago al oir la voz, pero no había nadie allí. Miré a mi alrededor pero no había presencia humana. Sólo vi a un gato escalar de un modo infernal por el tronco de un ciprés. Sin embargo, esa voz la reconocería entre millones de voces. Esa voz pertenecía a la bruja.

Por un momento me invadió la pena. Escondí mi cabeza entre las rodillas y las gotas que caían desde el borde de mi pelo, de mis uñas, de la comisura de mis labios, se fueron mezclando con la lluvia creando un charco redondo entre mis pies. Poco a poco ese charco fue formando círculos de colores hasta convertirse en un manto blanco. Repentinamente comenzaron a aparecer imágenes en aquel charco, fotogramas de un pasado reciente:r un viaje en tren, "mi nuevo barrio", las calles mojadas de una ciudad nueva, un bar con nombre de teatro, un coche con ventanillas bajadas y música a todo volumen y dos amigos en una despedida donde no aparecía la palabra adios...el charco fundió en negro. Intenté abrir las aguas con mis manos, pero solo conseguí mancharlas de barro.

Desde el banco del parque vi la luz encendida de mi habitación y decidí volver. Al levantarme del banco descubrí una servilleta y un lápiz a mi lado. La servilleta quedará escondida entre las hojas de un libro hasta que pueda ser quemada.

lunes, 26 de julio de 2010

Versos musicales que me fascinan I

Que bajen tus labios y me callen
sino empezaremos a silvar.

(Incendios de nieve - Love of lesbian)

No me importa saber quien soy,
si es que soy alguien o aprendiz de puta,
un crucigrama sin resolver,
esta pasión de enredadera,
de cumbre o precipicio,
de silicio o mansedumbre.

(De esclavitud y de cadenas - Búnbury)

Magia, que nunca engaña pero miente.

(Magia - Iván Ferreiro)

Yo solo busco
que me tiemblen las piernas
que seas de esas
que nadie recomienda.

(Amelie - Pereza)

Han caído los dos cual soldados fulminados al suelo,
y ahora están atrapados los dos en la misma prisión,
vigilados por el ojo incansable del deseo voraz,
sometidos a una insoportable tensión de silencio.

(Han caído los dos - Radio Futura)

¡Qué bonito es esto del amor
qué nos rompe y nos parte en dos!

(Viva el loco que inventó el amor - Sidonie)

sábado, 24 de julio de 2010

Poesía de instituto y trastero

Dibujo de una calle de París

De vez en cuando me gusta bajar al trastero y de paso reviso que nadie se ha atrevido a tirar mis preciados tesoros (converse verdes destrozadas, libros, fotografías...) y escoger alguno para regalar.
Hace una semana encontré una subcarpeta azul llena de recortes de periódicos y fotografías arrancadas de revistas. Hojeándola encontre unas hojas cuadriculadas escritas con mi letra. Eran poesías. Poesías del instituto. Sentí mucha alegría cuando las encontré porque ni siquiera las recordaba.
Empecé a escribir poesía porque me animó un profesor de literatura. Un cincuentón encantador, de rizos canosos y barba blanca, que siempre vestía pantalón de pana y zapatones. A él le debo en gran parte querer ser profesor y a él le debo, además de a mis compañeros, que mis alumnos aún me recuerden con cariño.
- ¿Por qué no escribes poesía José Antonio?
- Nunca lo había pensado
- Te expresas de una manera difusa, pero ves cosas en los libros que no son fácil a tu edad, o que directamente no están.
Desde luego, supo como tirar de mi hilo. Recuerdo aquella conversación como si fuera ayer. Estuve todo un fin de semana escribiendo, rompiendo hojas, tachando, riéndome de mí mismo, dándole vueltas al diccionario, y todo para que me saliera una poesía. Y hoy, me hace mucha ilusión ver esta hoja amarillenta con sus correcciones a lápiz. Y me apetece compartirla con las mismas ganas que se la enseñé a mi profesor de literatura. Os presento la poesía de un joven de dieciséis años.


TU CARA


Dulce como el claro sonido de una flauta.
Ingenua como la de un recién nacido que no sabe adónde llega.
Capaz de hacer que mi pluma fluya como a Blake la imaginación.

La expresión de tu cara encierra
el más escondido enigma,
el enigma de la belleza silenciosa,
de la belleza que sólo poseen las vírgenes.
Tu cara, tan sugerente
como el cielo del cristiano,
como el agua a las orillas,
como lo imposible al soñador.

Tu cara, como mi mundo,
dulce, ingenuo, asustadizo.

En un mundo de rostros restaurados, tu cara limpia.

Aunque el tiempo algún día la juzgue,
disfrazando de arrugas tu imperfección,
quedará en mi pensamiento
turbándolo como lo hace ahora.

Tu cara,
tu alma,
tú eres alma,
tu cara es el espejo de mi alma.

(10-3-1994)




Pd. Me ha sacado una sonrisa volver de esta forma al instituto.

viernes, 23 de julio de 2010

Deconstrucción del amor

Veinte centímetros abismales separaban sus espaldas en la cama. Ninguno dormía. Ninguno cerraba los ojos.
Un simple giro, un simple abrazo habría creado el puente que los mantendría unidos.
Cuando el sol la despertó, se giro aún en duermevela, alargó su brazo, sólo sintió el vacío, él había iniciado su viaje.


Ilustración: Pintura de el muro de Berlín

jueves, 22 de julio de 2010

¡Ahora!

Por fin llegaba la noche en que empezaba la feria, el momento en que aquel monumento de cartón se encendía con miles de bombillas de colores. Ya llegaba el circo, la noria, los autos de choque, los pasacalles, los juegos de miradas con niñas desconocidas.

Desde que su memoria le servía para algo, recuerda a su madre ocultando sus ojos para que la sorpresa del encendido de la feria fuera aún más espectacular.

- Tápame los ojos mamá.

Su madre le miró sorprendida, pensaba que ya con nueve años esa costumbre le parecería muy infantil a su hijo. Encantada, su madre le ocultó los ojos con unas manos suaves que su hijo podría reconocer sólo por su perfume, aquel olor, era el olor a las manos de su madre.

Ya llegaba el momento, cinco, coreaba todo el pueblo, cuatro, no podía dejar de mover sus pies, tres, que bien huelen las manos de mamá, dos, ¡va a empezar!, uno, ¡ahora!, gritó la madre...

Cuando su madre despegó las manos de sus ojos sólo había oscuridad. Ni bombillas, ni fuegos artificiales, ni música estridente, ni niños en los hombros de sus padres, ni madres vestidas como nunca...

Su cuerpo ya no era el de un niño de nueve años.

En la oscuridad sólo podía ver a dos mujeres alejándose...






miércoles, 21 de julio de 2010

Neleta y Tonet


Tonet y Neleta, siempre que penetraban en la Dehesa, se sentían dominados por la misma emoción. Tenían miedo sin saber a quién; se creían en el palacio encantado de un gigante invisible que podía mostrarse de un momento a otro.


Cañas y barro. Vicente Blasco Ibáñez.

martes, 20 de julio de 2010

cuando te fuiste



Cuando te fuiste


me quedó la inmensidad del mar para evocarte




Ilustración James Roper








lunes, 19 de julio de 2010

ilusión

ILUSIÓN

Esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo.



video

domingo, 18 de julio de 2010

Sildavia, nombre de mujer.

Sildavia sólo había dormido tres horas y por la mañana le esperaba un viaje a la playa. Su despertador debía sonar a las ocho y media, pero sus ojos decidieron abrirse a las seis y media. La luz del este fue iluminando la pared berenjena hasta que la línea solar resbaló desde su frente a la boca. Disfrutando de la luz con los ojos cerrados se deslizó desde la cama al pasillo para estirar su cuerpo en un pequeño paseo casero.
De un modo institivo, un gesto de sus dedos colocó la aguja sobre un viejo disco Jimi Hendrix. Purple Haze la fue sacando del duermevela, abriendo lentamente sus ojos sin terminar de mostrar sus pupilas.
Llegando a la puerta de un despacho de paredes verde pistacho se encontró con una amiga.
- ¿Qué haces despierta tan temprano? - preguntó Sildavia mostrando un bostezo en forma de o mayúscula.
- Me despertaron.
- A mi me sorprendió el sol. Buscar la brisa nocturna para dormir mejor tiene el inconveniente de que la luz te despierta a bocajarro. No me acostumbro a levantarme a bajar la persiana y volver a la cama. Soy tan vaga que ni siquiera me molesto en volver a la cama.
- Me alegro de haberte encontrado entre la música de Hendrix.
- Si, es curioso, siempre que nos encontramos hay música de fondo.
- Tengo que volver, no sé qué, pero algo tengo que hacer seguro.
- Un placer haberte encontrado, me alegraste el despertar... -Sildavia siguió hablando pero su amiga ya había desaparecido.
Sildavia recordó con pereza el viaje a la playa, pero pronto desapareció la desgana para sonreir al caer en la cuenta que volvería a ver el mar.
Dos horas y media después estaba con su último bikini y su vestido de playa más mono montada en un coche esperando a una pareja amiga: Abel y Juan. La noche anterior, entre mojito y mojito, quedó decidido en una curiosa apuesta que le tocaba a ella conducir. Fue un viaje divertido, interrumpido por una obligatoria parada en un obligatorio bar de carretera donde desayunar las obligadas tostadas de pan del país, costumbre obligada antes de llegar a la playa.
El día era perfecto, una brisa que no se notaba, el calor justo para tomar el sol plácidamente, y lo mejor, el agua no estaba congelada, se quedaba en fría, ideal para nadar y enredar con las olas.
Después del primer baño Abel tuvo una buena idea.
- Vamos a tomar una cervecita ¿no?
Juan y Sildavia no pusieron ninguna objeción. Seis coronitas y tres litros de tinto de verano después, compartidos, Sildavia sintió el cansancio acumulado por haberse acostado tarde y levantado antes de tiempo.
La conversación fue decayendo y Sildavia fue sintiéndose muy relajada en su toalla bajo un sol extrañamente tímido de mediados de julio. Sus párpados se vencieron mientras el mar reflejaba rayos de luz como si fuera una explosión de fuegos de artificio. Los reflejos de las pequeñas olas fueron tornando sus brillos en una figura humana difuminada aún. Sildavia se vio enfrentada a la imagen de una mujer de piel dorada. Miles de figuras femeninas se encaminaban hacia ella pero no llegaban hasta donde estaba tumbada. Sildavia dejó de mirar hacia todos lados y decidió fijar su atención en una única figura. Si, era ella, la amiga que apareció en su paseo casero mientras Hendrix retumbaba en el pasillo.
La mujer llegó desnuda hasta Sildavia. Las gotas de la mujer cayeron sobre el cuerpo al sol de Sildavia dibujando islas en su piel. La mujer tendió su mano y atrajo a Sildavia hacia ella. Ahora desapareció todo, la luz, el mar, la arena, el sonido de las olas, las personas, sólo existían cuatro pupilas enfrentadas que buscaban retener el momento. Las manos acariciando sus hombros fue el inicio de un beso imperfecto. Sus cuerpos se entrelazaron como serpientes de Mercurio.
Sildavia volvió a abrir los ojos. Tocó sus labios y entrecerró sus piernas al sentir una punzada en su estómago. Ahora era la luz del oeste la que la dejaba confundida. Unas huellas húmedas llegaban desde la orilla y se perdían tras Sildavia que ahora se daba cuenta de que tenía la cara empapada.

sábado, 17 de julio de 2010

5.7026

5.7026

Esa es la cifra para la esperanza. Ahora hay que sumar baremos, multiplicar, ponderar y todas las cosas que se le pueda hacer a un número. Algun@s me han dicho que me da para trabajar, no a principios de curso, pero si a lo largo del mismo y durante el segundo año. No saco la plaza, pero sería feliz volviendo a trabajar, es lo que buscaba.
Es curioso lo de las oposiciones, pensé que me había salido mejor la parte escrita que la oral, y sin embargo, se ve que lo he bordado en la parte oral y me ha cojeado un poco la escrita. Habrá sido por tomarmelo como si fuera un personaje en una obra de teatro.
Ahora esa cifra me convertirá en otra cifra en una lista enormemente larga. Pero por ahora, mañana toca playita, la semana que viene seré otro número, espero que definitivo, que me aclare mis posibilidades. ¡Qué lío es ser opositor! ¡Cuanta espera!

Pd. Son las fiestas de mi barrio. La orquesta está justito debajo de mi ventana. Justo cuando entré en casa estaban cantando una canción que decía "vamos a Madrid sin remordimientos" ¿Será una señal del destino?

jueves, 15 de julio de 2010

Ha llegado el día

Ha llegado el día.

Me separa un viaje de cuatro horas para conocer cual será mi destino. Conociéndome, sé que pasaré de la ilusión a la desilusión miles de veces antes de conocer el resultado. La realidad me dice que no debo ser muy optimista, y no soy de las personas que se tiran el rollo, cuando algo me sale bien lo digo, cuando me sale mal o regular también. Confío en que de algún modo una sensación desigual se lance hacia el cielo.

Esta tarde, en un segundo crucial, quedaré convertido en número, una cifra que me pondrá en mi lugar. Un decimal para seguir soñando con ser profesor o que me guiará hacia otros caminos, que no tienen porque ser peores, pero que, eso sí, no fueron deseados.

Sea como sea, sólo espero que después de ver el número junto a mi nombre tenga cuerpo para volver al coche, arrancar, y poner a todo volumen la canción con palabra mágica. Si es así, todo irá bien a pesar del número. Si después de verme en una lista no soy capaz de cantar una canción es que algo habrá cambiado, significará que el vértigo me ha vencido.

Gracias a tod@s por los ánimos.




video

martes, 13 de julio de 2010

No ser

Soy...

la hormiga que recorre tu pie,


la gota de agua que baja por tu espalda cuando sales del mar,


el sabor de la cereza a media noche,


la nube que dibujas en tu mente,


el lazo que se rompe cuando quieres libertad,


el marco sin fotografía que cuelga de tu pared,


el cigarro que dejas a medio fumar,


el limón que muere deshecho en el fondo de tu copa,


la lágrima que vuela desde tu risa,


los ojos que se reflejan en el escaparate que llamó tu atención,


la tormenta que nunca cae sobre el mar,


la esquina que doblaste la noche que te perdiste,


la canción que aún no has escuchado,


la habitación sin estrenar de un viejo hotel,


el que ya no mide la vida en tiempo sino en momentos...



Soy, lo que no soy,


y no siendo,


soy lo que nunca fui,


aún deseando serlo.


Voces

Salió dando saltos del mar y fue directo a por su mochila para comprobar la hora que era. Nunca usó reloj pero el móvil se había convertido en su cómplice y sería él quien le anunciara si el momento estaba ya cerca o si le daba tiempo a nadar durante un ratito más. Eran las ocho menos cuarto, una hora perfecta, Juan no salía del trabajo hasta las ocho, y nunca le llamaría antes de salir de trabajar.
A Juan le gustaba hacer la llamada cuando por fin apagaba la pantalla del ordenador, hablar mientras se perdía por las calles, doblando esquinas caprichosamente, para después tomarse un té helado y disfrutar recordando las risas hechas durante la charla.
Abel decidió secarse de pie al sol, sintiendo el tiritar del cuerpo, para ir poco a poco perdiendo las gotas que le robó al mar y ver como aparecen las líneas de salitre sobre la piel.
Abel recogió su mochila, ni siquiera había sacado la toalla, y se fue, chanclas en manos, hacia un banco de la plaza donde le gustaba sentarse para hablar con Juan. Descalzo, con sus pies llenos de arena, sintió el calor del asfalto, un calor agradable, por lo que decidió seguir descalzo. No tenía un banco favorito. Le gustaba aquella plaza por sus arcos imperfectos, el ambiente de niños corriendo, gritando, madres que hablan divertidas, un niño que llora porque sale sangre de su rodilla y al minuto sonrie con un helado en la mano. Sin embargo, aquella tarde todos los bancos estaban ocupados. Echó un segundo vistazo y vió a una señora de unos sesenta años que estaba sentada en el borde de uno de los bancos. No lo pensó, y se sentó a su lado.
- Buenas tardes - dijo Abel, intentando que la mujer se sintiera agusto con él a su lado.
- Buenas tardes.
Abel miró la pantalla del móvil, las ocho y dos minutos, pronto sonaría la banda sonora de su historia con Juan para saber que él ya estaba al otro lado de aquel aparato extrafino que tanta felicidad le daba últimamente. De un modo institivo pensó que quizá debería levantarse porque a veces las conversaciones se humedecían y quizá molestaría a la señora, o quizá sería aún más divertida ¿Quién sabe?
- Tú no esperas la hora de la misa ¿Verdad? - Dijo la mujer.
- No señora, la Iglesia y yo no nos llevamos muy bien la verdad. - Contestó Abel mientras enredaba con sus manos y la arena de sus pies.
- Yo tampoco me llevo muy bien con la Iglesia, pero me gusta que me cuenten historias. No pienses que creo en la resurrección, en que Dios está en todas partes ni nada de eso, pero este cura tiene una voz bonita y saber contar muy bien las historias de la Biblia. Mira, la Biblia sí me gusta, es un buen libro.
Un poco desconcertado Abel sonrió a aquella mujer entre sorprendido y sin saber muy bien que decir.
- ¿Esperas una llamada importante? No paras de mirar el móvil.
- No es importante, bueno sí que lo es. Bueno, es sobre todo un buen momento. La llamada de un amigo.
- Debe ser más que un amigo porque tus ojos miran con mucho deseo el aparatito.
Abel no pudo reprimir una risa.
- ¿Tanto se nota?
- Si, hijo. El amor, sea como sea, lo vistas de la forma que quieras, se nota. Da igual que sea una madre, un hermano, un marido, un amante, un primo que vive en Italia, el amor se nota. Y tú sientes amor o lo que sea, llámalo x decís los jóvenes ahora ¿no?, por ese amigo.
- Pues sí. Es alguien genial. Tiene magia ese chico y me gusta tanto como para mirarle a los ojos y decirle ¡Me vuelves loco!
- Todos necesitamos que nos dejen decir cosas bonitas y si alguien está dispuesto a escucharlas ese momento es un regalo - dijo la mujer.
Las ocho y cuarto y Juan no llamaba, pero Abel estaba cómodo con aquella dicharachera mujer.
- Al final todos necesitamos oir historias que nos hagan felices. Escuchar, que nos escuchen, que nos dejen ser estúpidos. La imagen de un hombre hablando por móvil en un parque, riéndose como si pensara que nadie le oye o que nadie le ve, limpiando la arena de sus pies, quedándose con la boca abierta durante un minuto, cazando caballitos al aire y poniéndolo en su rodilla es una imagen muy estúpida. Tanto que vengo a la misa de ocho y media treinta minutos antes para verte, para imaginar vuestra conversación y para sentir vuestra alegría. Que te sentaras a mi lado hoy ha sido un regalo.
- Pero mujer ¡qúe dice us..
El tono de "Viva el loco que inventó el amor" de Sidonie rompío la frase de Abel. Repartió miradas entre el rostro de aquella mujer que había aparecido en su vida y la foto de Juan que aparecía en la pantalla cuando se iniciaba la llamada.
- Niño, coge ese teléfono. Hoy me pierdo tu cara de felicidad porque ya son las ocho y media y tengo que entrar en misa, esas campanas son muy puntuales.
Abel cogió la llamada y balbuceó el saludo.
- Un segundo Juan. ¡Señora, Señora¡ - Abel gritó pero la mujer no se detuvo y entró en la Iglesia. Un segundo Juan ahora te llamo.
Abel entró en la Iglesia. No sentía el frescor de una Iglesia desde hacía dos décadas, ahora la planta de sus pies si que estaban fresquitas. Vio a la señora, ahora sonriente. Una voz que parecía pintar las paredes de los muros de colores llenaba la Iglesia de una paz desconocida para Abel. Abel se acercó a la mujer, y le susurró:
- Mañana es viernes, Juan llegará por la noche, pero el sábado nos veremos los tres en un banco de la plaza a las nueve, después de misa. El sábado cenaremos, contaremos historias ¿qué le parece?
La mujer no había dejado de mirar al frente mientras Abel le hacía aquella proposición. La mujer miró a Abel, le regaló una sonrisa positiva y le dijo al oido.
- Me pondré mi vestido de colores.
De repente la canción de Sidonie retumbó en la Iglesia haciendo callar al cura. Abel sintió la mirada inquisidora de varias personas, pero también sintió la risa de la mujer de la que aún no sabía su nombre.
- No estaría mal hacer un concierto en la Iglesia, no suena nada mal esa canción - dijo el cura.
Abel sonrió al oir al cura.
Al salir de la Iglesia devolvió la llamada a Juan
- Juan, eres un regalo.
- ¿Qué pasa Abel?
- Pasa que eres un puto regalo y que estoy deseando que aparezcas para darte un abrazo

lunes, 12 de julio de 2010

Lección de amor de mi sobrina

Tras una semana kilométrica, con cambio de vivienda, noches en la casa encantada, calurosos paseos por la noche madrileña, nervios previos al examen final, examen sin redondear, paseo por el bosque, cervezas sonrientes, besos soñados, sueños al borde del precipicio...el fin de semana me lleva a un lugar diferente, especial: Zahara de los Atunes.
Allí me esperaba mi sobrina. Antes de viajar hacia Zahara le conté por teléfono que ella estaba en un lugar mágico, un lugar donde los sueños se hacen realidad, pero para que llegara la magia había que bañarse en el mar de noche, pensar un deseo y decir la palabra mágica: Shiwa.
Antes de bajarme del coche ya me llevé la primera bronca de mi cuñada por meter ideas raras en la cabeza de mi sobrina:
- Ahí la tienes esperándote. Ni se te ocurra llevarla a la playa de noche.
Llamé a una puerta que sólo se diferenciaba de otras cien que había en el edificio por un número y detrás del timbre apareció mi sobrina, ya morena por el sol, abalanzándose sobre mí y tirando mi maleta casi vacía al suelo:
- Tito a que me vas a llevar a la playa por la noche para bañarnos. ¡Vamos a ir, me da igual lo que digáis¡ - dijo desafiante mirandolos a todos.
- No te preocupes, ya convenzo yo a esta gente que no cree en la magia.
- Tito ya sé el deseo que voy a pedir. Pero ¿Cuál es la palabra mágica?
- La palabra sólo se puede decir cuando estemos dentro del agua.
Decidí dejar pasar la noche del viernes. Demasiado precipitado intentar convencer a padres y abuelos. El trabajo para ir convenciendo a todos empezó el sábado por la mañana. Lo primero, decirle a mi sobrina que no dijera nada a nadie de nuestro baño mágico en el mar, así los otros dejarían correr el tema. Después de hacer de tío de mi sobrina y tres amigas suyas en la playa, luego en la piscina, luego en la pizzería, y otra vez en la piscina les pedí a sus padres y abuelos que si servía para vigilar a cuatro niñas durante un día entero, podría cuidar de mi sobrina un minuto en el mar, bajo las estrellas.
- Sólo será un minuto, ella tendrá frío y se querrá salir. No os preocupeis es una niña.
- No nos preocupa ella, nos preocupas tú. Ahora dice la niña que pongamos en el coche a Sidonie y a Love of Lesbian.
- Eso es que está sacando su gusto musical.
Le dí a mi sobrina la buena noticia.
- Tito me tengo que poner algo especial. ¿Puedo pintarme los labios?
- ¿Para qué te quieres pintar los labios?
- Yo que sé.
- Tienes que llevar bikini y una toalla, lo demás lo pone el cielo, el mar y la música.
- ¿Llevamos música?
- Claro, hay que poner la canción mágica.
- ¡Yo quiero elegir la canción mágica!
- La canción ya está elegida. Yo pongo la canción mágica, tú no te preocupes.
- Yo también quiero poner una canción tito.
Decidí que iba a perder la pelea con ella, así que le dije que llevara también su mp3 y que eligiera una canción para poner. Pondríamos primero la canción mágica y después la suya.
Nos fuimos en coche hasta la Playa de los Alemanes. Llegamos cuando empezaba a anochecer y el rojo del cielo se confundía con la oscuridad que llegaba desde el este. El mar estaba tranquilo y las olas decidieron acariciar la orilla en lugar de romper en ella.
Vimos salir las estrellas y les fuimos poniendo nombres. Sin darnos cuenta la oscuridad se hizo en la playa y el ruido de las olas pareció subir su volumen por mil.
- Tengo un poco de miedo tito.
- Yo también, pero no pasa nada, ahora los peces se van a dormir al centro del mar y dejan la orilla libre.
Nos levantamos y comenzamos a sentir el frescor de la arena en nuestros pies.
- No me sueltes tito.
- No. Vamos. No hay que dudar. Sólo meternos, agarrarnos las manos, cerrar los ojos, pensar el deseo y decir la palabra mágica.
- Pero ¡Cuál es la palabra mágica!
- Shiwa, la palabra es Shiwa.
El agua estaba fría, creo que incluso yo sentí más el frío que ella. Me quedó alucinado ver lo feliz y decidida que caminaba hacia el mar. Caminamos de un modo ceremonioso y fuimos entrando en el agua. Mientras, en la arena, un reproductor hacía sonar la canción mágica: Shiwa (Love of Lesbian)
Agarrados de la mano, nos detuvimos al mismo tiempo dentro del agua, apretamos fuerte nuestras manos, cerramos los ojos, pensamos un deseo y gritamos a la vez ¡¡¡Shiwa!!!
- Ya tito, vamos a salir rápido para que se cumpla el deseo.
La cogí y salimos tiritando de aquel mar que ya será mágico para siempre. Acabamos de oir la canción arropados con toallas, tiritando y mirando las estrellas en silencio.
- Tito, ahora toca mi canción. Espera.
Sacó su mp3 de la mochila y lo puso en el reproductor. Buscó rápidamente la canción que había elegido y me dijo:
- ¡Ahora a callar!
No sabía que canción había elegido. Mi sobrina tiene ocho años e imaginé que sería alguna canción de moda, de algún anuncio de televisión, algún tema de sus dibujos favoritos, sin embargo, comenzó a oirse unos tonos que evidenciaban que había elegido una balada. No conocía la canción pero pude reconocer la voz de la cantante de La Oreja de Van Gogh. Era una canción sobre una pareja que no se atrevía a decirse te quiero, dos personas que se ven pero no se atreven a hablarse, y de repente empecé a sentir un sentimiento en mi estómago, un nudo en mi garganta, mis labios apretados y unas lágrimas que intentaba contener.
Por un momento pensé en la situación. Sentado junto al mar, de noche, bajo las estrellas, tan cerca de Tánger, sintiendo una canción desconocida, a punto de llorar por tener la suerte de vivir el amor como lo vivo y en un segundo mi sobrina me descompone con tres frases:
- ¿Vas a llorar tito? Tienes cara de llorar. ¿Estás triste?
- No. Estoy muy feliz. Muy, muy feliz. Has elegido una canción muy bonita. Me has hecho llorar de felicidad, y eso está muy bien.
- Entonces, mi deseo se ha hecho realidad.
- ¿Ya se ha hecho realidad? Qué rápido. ¿Cuál era tu deseo?
- Que mi tito favorito sea feliz.
Zahara de los Atunes. 10 de julio de 2010. Su canción era "Jueves" (La Oreja de Van Gogh)

viernes, 9 de julio de 2010

Pasajes

Una hormiga dibuja círculos en el estómago



Una lengua diseña encuentros en la espalda



Los ojos crean espirales de palabras



Los dientes buscan la sangre



Las manos se desesperan por no poder sujetar los cuerpos



Los besos se pierden buscando la eternidad



La risa pone banda sonora al sexo



El calor haría sudar a la luna gotas de placer



Llevo horas acariciando las calles de Madrid, no te encuentro, quizá debiera dejar de mirar hacia adelante, hacia atrás, hacia el suelo, hacia el cielo, y simplemente mirar a mi lado.

martes, 6 de julio de 2010

Una casa encantada, un sueño, una mujer, una noche de verano

Llevo un par de días en una casa encantada. La pareja que vive en ella y que me la ha dejado no me avisaron, o quizá no han descubierto aún el encantamiento de su vivienda. Entré en ella y me encontré una moderna casa de ikea, pensé que iba a estar una semana viviendo en una casa que ya conocía (creo que no tengo amig@s que no tengan algo de ikea en sus casas) Dejé la maleta, eché un vistazo y cerré la puerta (Siempre tardo en cerrar las puertas de los lugares que visito, da igual que sean hoteles o casas). Al cerrar la puerta sentí una sensación extraña pero muy satisfactoria. Me sentí contento en un instante.

Fui hasta mi nueva habitación para abrir la maleta, no para colocarla, y oí el ruido de una ducha abierta. Abrí la puerta del baño para cerrar la ducha que mis amigos se habían dejado abierto, hecho sorprenderte porque son muy organizados. La sorpresa fue encontrarme una silueta de mujer tras una mampara repleta de gotas que se hacían camino hasta el suelo.

- ¡Perdona! Pensé que estaba solo.

No tuve ninguna respuesta por su parte, pensé que quizá estaba tan sorprendida como yo, y, quizá, desilusionada por no poder disfrutar de unos días de soledad deseada. Cuando pasó un minuto comencé a sentir una punzada caliente en el dedo corazón de mi mano izquierda, debí entallarme al cerrar la puerta del baño de un modo torpe y rápido. Chupando mi dedo, agarré la maleta y la llevé a otra habitación donde había una cama pequeña. Daba por hecho que ella habría elegido la cama grande (no me gusta la expresión cama de matrimonio)

Bajé la persiana y me tumbé en aquella cama pequeña que aún conservaba el calor en las sábanas después de haber recibido la luz del sol durante horas. Dejó de oirse el agua, pero ella no dio señales de vida. Treinta minutos después decidí ir al baño, sin abrir la puerta, para preguntarle si se encontraba bien.

- Hola, soy Prometeo. Siento lo de antes. Estás bien.

De nuevo no encontré respuesta. Eché un vistazo a la habitación, al salón, a la cocina, pero no había nadie.

- Hola. ¿Estás ahí? ¿Hay alguien?

Con mucho cuidado comencé a girar el pomo de la puerta. Pude ver una toalla en el suelo. Fui subiendo la mirada para ir descubriendo que allí no había rastro de mujer, salvo por el hecho de que aún quedabas gotas en la pared. La ducha había sido real, pero ¿dónde está la mujer? Yo sé lo que había visto ¿o no?

No quise volverme loco. Saqué mis apuntes de la maleta y me senté a estudiar. Así pasé un par de horas, pasando del sofá a una incómoda silla plegable, después me senté a leer en el pasillo. Se me cayeron los apuntes al suelo cuando vi salir de la habitación grande una mujer morena, con camiseta, vaqueros y sandalias. Pasó a mi lado pero no dijo nada, como si ni siquiera me pudiera ver. Esta vez yo también quedé en silencio. Ahora la había visto, al menos sé que no es una locura mía ¿o si?
Salí a dar una vuelta por el Madrid internacional del barrio de La Latina sin dejar de pensar en aquella imagen de mujer que había visto tras la mampara y caminar casi pisándome en el pasillo. Regresé a casa después de tres cañas, dos mojitos y un bocadillo de calamares y haber conocido a gente nueva. ¿Habría vuelto ella a casa?
Abrí la casa y la vi sentada relajadamente en el sofa viendo una ópera en la televisión. Me senté a su lado pero no quise hacerle ninguna pregunta. Ya no me importaba quien era, porqué no me hablaba, porque aparecía y desaparecía de ese modo tan caprichoso, porque me ignoraba. Lo que no pude evitar fue sentir unas terribles ganas de notar su piel y oir su voz.
Cuando acabó la ópera se levantó de un modo relajado, recogío el vaso donde había bebido vodka caramelizado y desapareció. Intenté oir algo pero no alcacé a sentir ningún ruido, ni siquiera el que podría hacer la puerta de su habitación al cerrarse.
Un minuto después yo también me fui a la cama. Leí un poema antes de apagar la luz. Cuando la apagué una voz me sobresaltó y una mano me tranquilizó.
- A mi también me gusta ese poema. Shh no digas nada. Sólo abrázame y dame un beso. No es fácil ser la mujer de tus sueños.
No me decidí a darme la vuelta pero si que entrelacé su mano con la mía.
- No es fácil saber que existe la mujer de mis sueños. No es fácil verla en cada canción, en cada parque, en cada pensamiento, en cada estación y ver como siempre cogemos trenes diferentes.
Ella no dijo nada. Yo no dije nada. Sólo nos dedicamos a vivir el momento, a guardar nuestra forma de abrazar, besar, oler, sentir, gritar.
Pd. Mañana, día de San Fermín, es mi último examen. Iré como un precioso toro que corre por las calles, que quiere dar espectaculo sin coger a ningún corredor. Y después, a buscar la salida a una muerte segura.

lunes, 5 de julio de 2010

Carpe diem en el atasco

Un atasco puede ser un lugar horrible, desesperante, estresante. Yo viví ayer mi primer atasco con mayúsculas: sesenta kilómetros tres horas. Podía desesperarme, recordar la ventaja de vivir en provincias, donde en sales de la ciudad un kilómetro después de haberla dejado atrás, sin embargo, me dediqué a soñar. No soñaba sólo, allí estuvieron Búnbury, Nacho Vegas, Sidonie, Vetusta Morla, Cristina Rosenvinge, Muse, Love of Lesbian, Queen, Stonte Temple Pilots, Placebo, Ivan Ferreiro, Los Punsetes, Lori Meyers, Lacrosse, AC/DC, U2, Depeche Mode, The Jam, Pearl Jam, y muchos más que no me acuerdo. Allí estaban todos ofreciéndome un concierto, a mí, a un joven encerrado en un atasco, su primer atasco. Cuando llegué a Madrid di gracias a la Música. Me sorprendí a mí mismo tarareando mientras subía las escaleras de un viejo piso del viejo Madrid.
Mientras metía segunda, reducía a primera, paraba, otra vez primera, segunda y... casi meto la tercera pero no, soñaba. Soñé con la posibilidad de volver a ser profesor, y me gustó recordar. Alguien me dijo que les debo una a mis antiguos alumnos y que debo aprobar estas oposiciones, haré lo que pueda, sólo hay un problema sé que las oposiciones no se inventaron para mí. Pero sí, a ese grupo de personas, ahora universitarios, les debo una porque me dieron tanto y me robaron tantas lágrimas.
También planeé vacaciones. ¡Cuántos lugares! El mar, ahora quiero mar, pero en otoño que bueno sería viajar a Nueva York y ver esos árboles coloreados de otoño, y en primavera Berlín, y Menorca, e Ibiza, y unas noches de tasquitas madrileñas, y unos pinchos en donosti, y un par de noches al aire libre en la montaña, y navegar, ¡si navegar! y hacer el amor en la cubierta de un pequeño velero, y cenar coquinas en la costa de Huelva, y cervecitas en Cádiz...ayyy y soñando, cantando, riendo, llorando, encogiendo mi estómago, sonriendo a la gente que estaba a mi lado, viéndote en el retrovisor, llegué a mi destino.
Debe ser horrible vivir en el atasco de una vida diaria, pero que te regalen un atasco al año puede ser algo sorprendente e inesperado. Puede ser otra forma de vivir el carpe diem.
Pd. Porque me da pereza bajar la basura y sin embargo, conduciría de La Coruña a Almería, de Almería a Huelva, de Huelva a Barcelona si supiera que el destino me diera la posibilidad de vivirte un minuto.

viernes, 2 de julio de 2010

canción húmeda

Ahora conozco el estado de shock.
video

jueves, 1 de julio de 2010

Un balcón de Lisboa


Siempre que llego a un hotel lo primero que hago es abrir las pesadas cortinas que ocultan las ventanas y descubrir la vista que me ha tocado en suerte.
Mi hotel estaba en una estrecha y céntrica calle de Lisboa, por lo que la vista no podía ser muy espectacular. No vería el Tajo, ni la zona de Belém, ninguna plaza de adoquinado imposible sería un regalo para mis ojos, pero mi curiosidad me hizo abrir con ilusión las cortinas buscando una sorpresa imposible. No hubo sorpresa. Frente a mí se alzaba un edificio gris e impersonal cuya mayor virtud era hacerte sentir como un lisboeta más en lugar de como un turista privilegiado que podía pagar un hotel de cinco estrellas en un lugar lleno de historia con mayúsculas.
Estuve asomado un minuto, feliz por haber descubierto que en la esquina había una pastelería tradicional donde podría saborear los pasteles de nata, un placer que hay que probar en Lisboa. Ya me iba a tumbar en la cama, otra de las cosas que me gusta hacer cuando llego a un hotel es probar el colchón, cuando descubrí frente a mí un curioso balcón que llamó mi atención.
Me pareció un balcón casi cubista, que podría haber sido pintado para la posteridad por Braque, Picaso o Juan Gris. Un balcón con una bonita forja en forma de corazones entrelazados y flores de lis y margaritas, madera desvencijada, pintura blanca llorosa que dejaba de vestir la madera, una surrealista cortina de baño para ocultar el interior de la habitación, una camiseta verde que parecía llevar meses colgada, una silla de plástico azul de las que podemos encontrar en las rebajas de unos grandes almacenes, y una zapatilla nike en la esquina del balcón, como para dar un toque de modernidad a un espacio que parece que hace mucho tiempo se había olvidado del reloj.

¿Quíen vivirá ahí? ¿Quién se asoma a ese balcón? Me quedé asomado un momento más por si aparecía alguien en aquel viejo balcón, que parecía que estaba allí antes de que fuera construído el propio edificio, pero nadie se asomó. Me tumbé en la cama, tomé un baño, me vestí, llamé a mis amigos para que me recordaran cuál era el lugar de la cena, revisé el travía que debía tomar para llegar al restaurante, hojeé un libro, miré en la tele un canal alemán que no entendía, y todo ello intercalado con miradas furtivas al balcón, pero nadie aparecía, ni tampoco alguien cerraba su puerta aunque era una fría y húmeda noche lisboeta en la que el Atlántico se cuela en los huesos.

En el viaje en tranvía no se me fue de la cabeza la imagen del balcón. Ni siquiera el bacalao que tome para cenar hizo que se desdibujara de mi mente, ni el vino, ni la cerveza, ni los mojitos, ni los pequeños bares del barrio alto, ni las risas, ni las conversaciones, nada pudo aquella noche con la imagen del balcón. Volviendo a casa me fijé en los balcones de las calles de Lisboa. Vi balcones de todas las formas imaginables, con ropa tendida, con macetas, de azulejos pintados, pero ninguno con sus puertas abiertas.

Ya en la habitación del hotel eché un último vistazo desde mi ventana, nada había cambiado, ni siquiera se habían preocupado por cerrar sus puertas. ¿Cómo puede dormir alguien esta noche de invierno con el balcón abierto?
Me di por vencido, dejé de imaginar, me dije a mí mismo "tonto, siempre imaginando poesía en cualquier rincón". Coloqué mi espalda en aquel duro colchón, junté dos almohadas, abracé otra y me dispuse a dormir sin querer soñar.

Me despertó el sonido de una sirena. Miré desde la cama hacia el balcón pero no hubo cambios. Caminé hacia el baño colocándome el cuello y me metí en la ducha con el único deseo de que el agua caliente resbalara por mi espalda y recolocara el puzzle en que la había convertido la cama. No me dio tiempo a completar el puzzle de mi espalda porque sólo tenía veinte minutos para abandonar la habitación. Recogí la ropa que había dejado por el suelo, descoloqué la maleta y salí a toda velocidad hacia recepción.

Mientras pagaba me di cuenta que la ambulancia que me había despertado estaba parada frente al hotel.
- Disculpe señor, ¿No traía usted equipaje?
- ¿Qué? -Aún estaba en estado de duermevela y no sabía a que se refería la señorita de recepción.
- La maleta. Es que veo que no lleva su maleta. Lo siento, pero me fijé en su maleta verde clara, no es un color habitual para una maleta.
- Tiene razón. Ay, me la he dejado en la habitación con las prisas.
- No se preocupe. Puede subir a por ella mientras termino de realizar su factura.
- Gracias, y gracias por ser una persona tan observadora, sin personas observadoras como usted estaríamos perdidos de verdad personas tan descuidadas como yo.

Agradecido por la amabilidad de la joven de recepción subí a por mi maleta. Abrí la puerta y vi como se cerraba la puerta del balcón. Hice un rápido y estúpido gesto para intentar ver quien cerraba aquella vieja puerta, pero no pude ver nada. El juego me ha vencido. Mi historia quedó sin personaje, al menos, sin un personaje a quien poder describir.

Bajé a recepción, recogí mi factura, le regalé un libro a la amable joven de recepción y salí a la calle. La ambulancia no se había ido y seguía con sus puertas abiertas. Del edificio surgió una camilla con una de esas horribles fundas grises. Dos enfermeros introdujeron la camilla sin vida en la ambulancia. Al cerrar las puertas traseras ví a una niña de unos 10 años con unas zapatillas nike en la mano, llorando y diciendo adios con su mano a la ambulancia que ya se perdía entre el tráfico sin prisas, sin hacer sonar su sirena.